thefemmeurge.maltita.es
Las maletas digitales
Escuchando: Aphrodite’s Child - It’s Five O’Clock
Cuánto tiempo sin vernos, eh.
Veréis que el correo que os ha llegado es distinto. Veréis que el blog también ha cambiado, aunque no la dirección ni los suscriptores ni el contenido. He vuelto a migrar, sí. Ya, YA, ya lo sé.
Supongo que si vivís mínimamente online estáis al tanto del concepto de enshittificación, que yo voy a resumir en que “todo lo que toca un Ventrue Capital se convierte en mierda”. Y WordPress no iba a ser menos, claro.
No me malinterpretéis tampoco, WordPress sigue siendo una buena plataforma, pero para quien esté dispuesta a pagarla: y yo ya pagaba mi dominio, mi hosting y puntualmente a una persona maravillosa que me ayudara con las cosas que no sé hacer y no tenía energía de aprender. Al principio todo iba bien, hasta que empezó a ir mal. Lo más visible para vosotras era que los correos de aviso no llegaban bien: los envíos paraban a medio camino, o no se hacían en absoluto, y sólo me daba cuenta al entrar en el panel del plugin en particular para comprobarlo y, cuando podía, tratar de solucionarlo. Entre eso y otras muchas cosas que ya he mencionado antes, las ganas de escribir en el blog se fueron diluyendo, porque cuando tienes el cerebro en las últimas las fricciones se hacen insoportables.
Total, que gracias a la gente maja de Mastodon he encontrado pika.page, una plataforma de blog y newsletter minimalista, diminuta y diseñada para que te puedas centrar en escribir, y no preocuparte por nada más, y aquí estoy. Sin temas, sin plugins, sin estadísticas de apertura de email y sin nada más de lo que preocuparme. Migrar ha sido fácil al 80%, porque Barry, el creador de todo esto, es un encanto y ha sido muy atento por correo electrónico. El 20% restante ha sido debido a la pijada de querer mantener el dominio, configurar un correo electrónico fuera del hosting anterior y a no tener ni puñetera idea de cómo funcionaban las DNS hasta ahora, pero gracias a Editora ya está todo en marcha. El resto del tiempo lo he dedicado a configurar todo a mi gusto, pero era totalmente superfluo: el blog estaba funcionando desde el primer día sin necesidad de personalizar nada. Por ejemplo, un formulario de contacto por si me queréis mandar un correo, un libro de visitas para que me dejéis garabatos o mensajitos, y una cuenta de correo dedicada por completo al blog para poder compartirla sin caer en la paranoia de internet: thefemmeurge@maltita.es, que he dirigido a mi bandeja de entrada de Proton así que consultaré a diario. Me encantará que me mandéis correos.
Por supuesto, esto no es del todo gratis: el blog básico con hasta 50 posts sí lo es, pero si quieres newsletter, dominio personalizado y mucha opciones extra, son unos 5€ al mes: honestamente, barato me parece. Me cuesta menos que sólo el hosting, me quita dolores de cabeza y encima le doy el dinero a un proyecto que encarna el internet que quiero: Good Enough.
Como mencionaba antes, el punto en el que estamos en internet es este:
hecho por mí con el paint
Y, poco a poco, las plataformas de nazis y fáciles de usar están obligando a pagar si se quiere evitar parte de la enshittificacion. Hace tiempo que sabemos que el internet gratis es una trampa y que si el producto es gratis es porque el producto eres tú, pero las grandes empresas revelaron esa realidad cuando ya era demasiado tarde: nos metimos todos en la plataforma y luego echaron el cerrojo. No estábamos todos juntos sino que estábamos encerrados centro. Y ya he hablado a menudo de que eso tiene consecuencias reales: no tener tiktok me excluye de conversaciones en mis chats de amigas, no estar en instagram ha creado una distancia entre las amistades que se relacionan casi exclusivamente ahí y yo, incluso no he conseguido convencer a la gente que quiero que está en Bluesky que se haga un bridge con Mastodon para poder leerlos, aunque son dos clicks, es fácil y gratis. Esto me entristece, porque, aunque sé que no es necesariamente así, en el fondo siento que no valgo ni siquiera un click que no cambia en nada sus vidas (no ya hacerse cuenta en Mastodon, estamos locas). Tampoco es grave y las relaciones importantes siguen estando ahí, pero cambia la forma de estar
Instagram ha conseguido hacerse el centro neurálgico de la actividad social y cultural de las ciudades, pero he conseguido escaquearme con la ayuda de ByeDoom y FreshRSS, así que ahora puedo recibir en mi móvil los posts de instagram de los lugares que me gustan, en orden cronológico, sin tener que entrar en instagram y sin que el algoritmo me esconda a la gente que se le antoja. Ahora estoy haciendo una categoría de fotógrafas que me encantan: exporté mi lista de seguidos usando esta herramienta y poco a poco, a ratitos voy convirtiendo sus links al perfil en uno que el lector de RSS puede aceptar y recibiendo, de la misma manera, los posts de las artistas que me inspiran. Esto no quita que no eche de menos la interacción, el contacto, la navegación rápida entre perfiles, comentar, que me sigan de vuelta y les guste lo que hago, pero en el fondo sé que estoy persiguiendo un instagram que ya no existe: había olvidado el nombre de muchas de las fotógrafas porque el algoritmo había dejado de enseñarme sus posts. Mis propios posts se perdían en la niebla. Ahora, al menos, puedo ver a la gente a la que sigo, gracias al RSS, y ya es más de lo que tenía antes. Este proceso de buscar las fotógrafas que me inspiran me ha vuelto a enfrentar a que estoy fuera, a que hay colectivos y artistas y zines y revistas con gente talentosísima en las que yo nunca voy a participar, porque no estoy en instagram. Me ha recordado que hay vidas de mí que echo de menos, que he tenido pero ya no, o que siempre aspiré pero nunca llegó el momento, y ahora es tan difícil porque no estoy ni en el meollo digital ni el meollo físico. Tampco tenía esas vidas cuando estaba en instagram, o en Madrid. Es el espejismo de instagram, la sensación inmediata de FOMO, la ansiedad del coste hundido, el refuerzo intermitente del algoritmo y esa sensación que dan las redes en las que parece que porque estés viendo algo parece que estás haciendo ese algo, que alivia por un momento pero luego deja un vacío aún peor, porque crea la falsa sensación de que si estuviéramos en El Sitio (instagram, Madrid, Nueva York), estariamos haciendo esa cosa super guapa, aunque no sea así. Sigo pensando qué hacer con las redes de fotos: quizás pruebe por primera vez Flickr, me registré en Foto porque tiene muy buena pinta, pero en realidad es que no quiero tener más redes. Lo bueno es que no tengo que decidir ahora qué hacer con mis fotos. Tal vez las postee aquí o en Mastodon de vez en cuando, o las comparta a nivel individual por mensajería privada. Tal vez no las enseñe a nadie nunca, qué más da.
A lo que venía: que pika no es gratis, ni debe serlo. Es difícil conjugar el mensaje de la precarización de la vida con la firme resistencia a pagar a gente independiente por hacer un buen trabajo. Ya sabemos que estamos dispuestos a pagar por alquilar espacio digital: Spotify, múltiples plataforma de streaming, espacio extra en la nube de Google o de Apple, funciones pro de instagram, verificación de tuiter, un diezmo al nazi de Substack. Está claro que para una parte importante de la población, el pagar no es un problema, porque ya lo hace: hay servicios de pago que hemos asumido igual que las facturas de agua y electricidad. Yo me pregunto entonces qué resistencia hay a pagar otros servicios, los que no pertenecen a megacorporaciones, los que sí merece la pena pagar y apoyar. Y sé que la respuesta suele ser que hay una alternativa gratis, con cero fricción, en la que ya está todo el mundo y que pertenece a un nazi con poder suficiente para movilizar genocidios. Ya sabéis que en su momento entré en Substack e inmediatamente me fui de Substack porque no sólo el dueño es nazi, sino que además paga generosamente a nazis para que se vayan a Substack. No sólo eso, sino que cobra un 10% de comisión de las suscripciones de pago de sus usuarios, que no sólo es un montón, sino que es pagarle un diezmo a un nazi que va a usar en pagar a nazis para que vayan a ser nazis a su plataforma1. Podría ahorrarme esos cinco euros al mes que le pago a un señor que me responde los correos directamente y volver a Substack, y probablemente alcanzaría un cierto nivel de audiencia, podría plantearme activar pagos por suscripciones y entonces en lugar de un hobby tendría un trabajo a tiempo parcial para pagarle un diezmo a un nazi. Y ni esto es mi trabajo, ni necesito una audiencia, ni vendo mi conciencia tan barata. Sé que hay mucha gente que está en Substack porque escribir es su trabajo, y aunque existen plataformas similares que cobran tarifas planas y no comisiones como Ghost, puedo entender que las promesas de audencia son seductoras, aunque me pregunto si se materializan. Puedo entender también que la gente que escribe por gusto no quiera pagar por este hobby en particular (aunque como ya he dicho antes, ya pagamos por otros hobbies), puedo entender la comodidad, el FOMO y la inercia. Me pregunto también cómo convencer a alguien de ejercer la más mínima resistencia digital cuando cualquier salida del camino FAANG se mira como una rareza, una frikada o un coste inasumible. No tengo respuesta.
El caso es que me estoy haciendo a vivir con las maleta digitales hechas. No quiero invertir tiempo en sistemas propietarios que me encierren dentro, sino que quiero centrarme en usar herramientas que, cuando la enshittificación o la desaparición llegue, pueda exportar mis cosas e importarlas en la siguiente con facilidad. Por eso estoy aquí, me pasé de Notion a Obsidian, cambié de Kindle a Kobo, de Android a Murena, de GMail a Proton, y otros cambios que tengo pendientes. Algunos han sido muy sencillos, otros más trabajosos, no me arrepiento de ninguno. También he vuelto a reconciliarme con el correo electrónico, y vuelvo a intercambiar correspondencia por mail, y a enviar cartas manuscritas, porque no hay forma de mantener buenas conversaciones en redes sociales, y tampoco es fácil vía mensajería instantánea. Me está obligando a pararme, tomarme el rato de reflexionar, ordenarme, escribir y enviar, esas horas me dan muchísima paz. Si te apetece escribrme un correo, me encantará, tienes el formulario en “contacto”.
También he decidido poner el dinero donde me importa, no donde me obliguen: la única plataforma de streamingo que pago es Filmin y el resto lo pirateo, pago un poco de Tidal familiar (porque, recordad, Spotify le ha declarado la guerra a la música y además financia el genocidio en Palestina) pero compro música que me importa durante Bandcam Friday, lo que anteriormente se ha conocido como “put your money where your mouth is”. Por supuesto no hay plataforma perfecta, no es posible hacerlo todo en todas partes, no hay consumo ético bajo el capitalismo, pero eso no significa que no haya que, por lo menos, intentarlo. Llámalo reducción de daños, si quieres. Intento ser consecuente. Yo duermo más tranquila.
1. Su modelo de crecimiento fue dar una morterada de dinero a la gente más desquiciada de Tuiter para que se fueran allí alegando que se respeta la libertad de expresión (es decir, que no los iban a expulsar por nazis), así que ahora lo que hay son nazis, antivacunas, anti-trans y racismo desquiciado. ↵