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El templo sin paredes: Por qué el paganismo celta y la wicca no necesitan iglesias de piedra
_Los claros sagrados de los bosques, la creación del círculo mágico en la sala de la casa y la idea de que la naturaleza entera es el único altar real._
Cuando las personas que han crecido dentro de las religiones como la cristiana, la judía o la islámica se acercan por primera vez a conocer los senderos del paganismo celta o de la wicca moderna, una de las primeras cosas que les llama la atención es la completa falta de templos, catedrales o edificios religiosos destinados al culto. Existe la costumbre muy arraigada dentro de esas religiones que para conectar con lo sagrado es obligatorio levantar grandes construcciones de ladrillo, madera o cantera donde la gente deba encerrarse a rezar bajo la dirección de sacerdotes. Sin embargo, para la vieja religión de la tierra y las tradiciones paganas, la cosa es totalmente al revés, ya que los paganos consideran que construir cuatro paredes para encerrar a los dioses es un insulto a su grandeza y una forma de separarnos de la magia del mundo, de tal suerte que la naturaleza entera, con sus bosques, ríos, montañas y cielos abiertos, se convierte en el único templo real y verdadero que se necesita para celebrar los ciclos de la vida.
Los antiguos celtas y sus sabios sacerdotes, los druidas, hacían todas sus ceremonias al aire libre, en espacios sagrados que en su idioma llamaban nemeton. Estos lugares no eran otra cosa más que claros ocultos dentro de los grandes bosques de robles, orillas de lagos cristalinos o cuevas naturales donde la energía de la tierra se sentía con mucha fuerza, permitiendo que las personas se reunieran a platicar con los dioses teniendo al cielo como techo, a los árboles como columnas vivas y al pasto como la alfombra del altar. Aunque muchas veces la cultura pop y las películas relacionan a los celtas con monumentos gigantes de piedra como Stonehenge, la arqueología ya comprobó que esas construcciones son miles de años más viejas que ellos, y que si los celtas las usaban de forma cotidiana era simplemente porque respetaban la herencia de los antiguos pobladores y veían en esas piedras un punto de conexión con las fuerzas del universo, pero nunca porque sintieran la necesidad de edificar casas cerradas o templos para la divinidad.
Por su parte, la wicca, que es una tradición espiritual que nació a mediados del siglo XX tomando como base muchas de estas viejas costumbres del paganismo europeo, mantiene viva exactamente la misma filosofía del respeto a la libertad y a la tierra. Los practicantes wiccanos no tienen iglesias porque ellos mismos tienen la capacidad de crear su propio espacio sagrado en cualquier lugar del mundo y en el momento en que lo necesiten, ya sea en el jardín de su casa, en medio de una playa solitaria o incluso en la sala de su departamento durante una noche de tormenta. Para lograr esto, los practicantes trazan un círculo mágico en el suelo que funciona como un templo temporal y flotante, el cual se abre para realizar los ritos, festejar las fases de la luna o platicar entre amigos de la comunidad, y se desarma por completo al terminar la reunión, puesto que la verdadera conexión con la Diosa y el Dios ocurre en el interior de cada ser humano y con los elementos de la naturaleza, sin intermediarios ni depender de un lugar fijo de cemento.
No tener templos también le otorga a estas tradiciones una estructura sumamente libre, comunitaria y sin las pesadas jerarquías que suelen arruinar la espiritualidad humana. Al no haber edificios que mantener ni dinero que recaudar para pagar a un clero, las reuniones de las brujas y los paganos se manejan de una forma muy sencilla y horizontal, donde todos los participantes se ven a los ojos como iguales en una charla abierta, compartiendo sus conocimientos sobre hierbas, mitos y el cuidado del planeta. Ir a buscar la divinidad dentro de una construcción oscura y fría no tiene ningún sentido cuando se entiende que lo sagrado está vivo y respirando en el viento de la mañana, en el correr del agua de un arroyo o en el calor del fuego de una fogata. La lección más hermosa que nos dejan estos senderos es que el mundo entero es una casa sagrada y que la paz espiritual radica en saber que no necesitamos pedirle permiso a ninguna institución para sentarnos bajo la sombra de un árbol a dar las gracias por un nuevo día.
_— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso_
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