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El jardín amurallado frente a la plaza del barrio: por qué el ambiente digital está roto (y cómo arreglarlo)
Cualquiera que pase más de diez minutos en las redes sociales privativas nota que el ambiente está tenso. No importa si entras a revisar las noticias, a ver videos de cocina o a compartir una foto: tarde o temprano te topas con una discusión subida de tono, un insulto gratuito o una oleada de negatividad que nadie pidió. Nos hemos acostumbrado a pensar que internet es así por naturaleza, que los seres humanos nos volvemos hostiles cuando nos escondemos detrás de una pantalla. Pero la verdad es otra muy distinta. La culpa no es de la gente; es de la estructura de los lugares que habitamos en la red.
Para entender lo que pasa, imagínate que entras a un gran centro comercial. Las luces son brillantes, la música está fuerte y, por donde mires, hay letreros parpadeantes que intentan llamar tu atención. En medio del pasillo central, hay un grupo de personas gritando. El dueño del centro comercial se da cuenta de que el escándalo hace que la gente se detenga a mirar, y mientras la gente esté ahí parada, consumirá más publicidad y comprará más cosas. Por lo tanto, en lugar de calmar la situación, el dueño les da micrófonos a los que más gritan. Eso es, a grandes rasgos, una red social privativa o centralizada como X (Twitter), Facebook, Instagram, Threads, Meta, etc.
Estas plataformas corporativas funcionan con un motor interno llamado algoritmo de recomendación. Su único objetivo, el que define si la empresa gana o pierde dinero, es el tiempo de retención: lograr que te quedes pegado a la pantalla el mayor tiempo posible para mostrarte anuncios. Los ingenieros de Silicon Valley descubrieron hace mucho tiempo que la indignación, el morbo y la confrontación son los combustibles más eficientes para mantenernos conectados. El sistema no está diseñado para que dialogues; está diseñado para que reacciones. Por eso premia al que ataca y esconde al que intenta debatir con calma. Estás en un espacio privado donde las reglas del juego las dicta una junta directiva que busca monetizar tu atención.
Al otro lado de la acera están las redes abiertas y descentralizadas, el ecosistema que conocemos como el Fediverso. Siguiendo con la analogía, esto no es un centro comercial; es una plaza pública en un barrio residencial. Aquí no hay un dueño único, ni acciones en la bolsa, ni un algoritmo secreto decidiendo qué debes ver hoy para que consumas más. Las publicaciones te aparecen en orden cronológico estricto: lo que se publica primero, se lee primero. Si decides seguir a alguien que habla de fotografía, verás sus fotos, no los comentarios furiosos de un desconocido debatiendo sobre política que el sistema decidió empujarte a la cara.
Al eliminar el algoritmo del negocio de la atención, el ambiente cambia por completo. La moderación deja de ser un código automatizado que falla constantemente y pasa a manos de personas reales, vecinos de la propia comunidad que cuidan el espacio porque viven en él. La gente en las redes abiertas no necesita gritar ni escandalizar para tener visibilidad, porque no compiten contra una máquina programada para ignorar la moderación. El resultado es un retorno a la internet de los inicios: un espacio más lento, más conversacional, pero sobre todo, profundamente humano y respetuoso. No es que las redes abiertas sean perfectas, es que su arquitectura está hecha para conectar personas, no para vender audiencias.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y blogger del fediverso
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