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Matt Haig, autor de 'La biblioteca de la medianoche': «Estaba en la cresta de la ola y había olvidado por completo qué era ser feliz»
Aunque los álbumes de fotos son altares familiares, no todas las fotos que se guardan en ellos son recuerdos amables. Usted mismo podrá entender, que en algún que otro repaso de sus páginas, haya algún que otro retrato que se omita conscientemente. Matt Haig es incapaz de mirar la fotografía de él mismo el día que le dijeron que 'La biblioteca de la medianoche' se había convertido en uno de los libros más vendidos del planeta. En ella no sale sonriendo del todo. Sale, cuenta para ABC, con la misma cara que tenía diez años antes cuando luchaba por quedarse publicado, por el dinero, por seguir siendo escritor un mes más. La ambición, explica, no desaparece cuando se cumple. Cambia de forma y sigue ahí, «como un motor que no sabe apagarse aunque el coche ya haya llegado».De esa fotografía sale, en realidad, 'El tren de medianoche' (AdN). En este el lector sigue a Wilbur, un empresario viejo, blanco y exitoso al que Haig eligió a sabiendas del riesgo que corría: «es difícil ganarse la simpatía de un personaje así». Haig, en realidad, estaba escribiendo sobre lo que le ocurre a una persona a lo largo de la vida, y sobre una pregunta que no ha dejado de perseguirle: de dónde viene la ambición, y de dónde viene el impulso que no la deja descansar.«Siempre escribo el libro que necesito leer a mí mismo en ese momento», alega, pero el momento, en este caso, fue particularmente intenso. Por un lado, Haig debería haber estado más feliz que nunca: 'La biblioteca de la medianoche' había cumplido, de golpe, todo lo que llevaba años persiguiendo, pero por el reverso del éxito, en plena pandemia, su padre estaba enfermo de cáncer, su hijo estaba internado y él estaba atravesando una grave crisis de salud mental . La sensación, dice, fue extraña y muy concreta. «Estaba en la cresta de la ola y había olvidado por completo qué era ser feliz».La adicción que sí se aplaudeDe ese olvido nació Wilbur, y de Wilbur nació la idea de que el trabajo y el éxito pueden funcionar exactamente como una adicción, con la diferencia de que a esta la sociedad la premia en lugar de perseguirla. «Hay adicciones que son socialmente inaceptables, como las drogas, pero hay adicciones, como el trabajo, que la sociedad te encarga tener, pero ambas sirven el mismo propósito: te distraen de ti mismo».«Las bibliotecas siempre se han quemado como señal del final de una civilización»Esa manera de mirar hacia atrás para corregir el presente es, en realidad, el motivo central de la novela, que Haig entiende como un contrapunto de su propio libro más célebre. Si 'La biblioteca de la medianoche' hablaba de la infinitud de vidas posibles que uno podría haber vivido, este nuevo libro habla de la posibilidad (o la imposibilidad) de mirar la propia vida con la misma indulgencia con que miramos las fotografías viejas. «Cuando miramos atrás, es muy fácil tener perspectiva. Cuando vivimos en el presente, es muy difícil tenerla. Con este libro intento tener esa nostalgia, pero para el presente. Y puede que sea imposible, porque quizá sea simplemente humano ser así. Pero lo intento».Correr contra el pánicoCuando Matt Haig atravesó su primera crisis de pánico severa, su padre lo empujó a salir a correr, convencido de que el ejercicio era la respuesta a todo. Al principio empeoró las cosas. Después, sin que Haig supiera muy bien por qué, empezó a funcionar. «Correr produce exactamente l os mismos síntomas físicos que un ataque de pánico», explica Haig, «pero tiene una diferencia, y es que el cerebro saber por qué está ocurriendo». Ya no corre por esa razón —dice que el pánico, en gran medida, ha dejado de visitarlo—, pero el gesto ha quedado como una especie de metáfora de todo lo que ha escrito después: acercarse deliberadamente a la fuente del miedo, dosificada, hasta que deja de ser una amenaza y se convierte en información. El escritor Matt Haig Tania SieiraHaig escribió su autobiografía sobre salud mental, 'Las razones para estar vivo', convencido de que apenas la leería nadie. Esa certeza, insiste, fue la condición que le permitió escribir con total libertad. El libro se convirtió en un fenómeno, y esa fama inesperada trajo consigo una responsabilidad que Haig no había pedido: la de convertirse, casi de la noche a la mañana, en una especie de embajador público de la salud mental. Hoy se muestra incómodo con esa etiqueta —«no soy terapeuta», repite— y explica que, precisamente por eso, ha dejado casi por completo la no ficción. Escribir ficción, dice, le da «un espacio de distancia que la autobiografía no le permite». Esta fue también lo que le permitió terminar 'La biblioteca de la medianoche'. La primera versión del libro tenía un protagonista masculino, escrito a imagen y semejanza del propio Haig, y sencillamente no funcionaba. «Cuando estaba deprimido me sentía atrapado, pensando que nada cambiaría nunca»Haig cuenta que en su país existe la expresión «libro de marmite», por esa pasta de levadura que la gente ama u odia sin término medio. 'La biblioteca de la medianoche', dice, ha sido eso: adorado por unos, señalado por otros como su peor obra, y él tuvo que aprender a convivir con el rechazo activo de un libro que también era, por primera vez, un hijo con mucho más éxito que sus hermanos.Cuentos de hadas para adultosHaig no rehúye la crítica que más se le ha repetido a lo largo de los años: que escribe libros de niños para adultos. La acepta casi con gusto, y la convierte en una defensa deliberada de la fábula como forma seria de pensamiento. «Las historias son lo opuesto a la depresión. Cuando estaba deprimido me sentía atrapado, pensando que nada cambiaría nunca. Una historia siempre necesita que algo cambie, un personaje tiene que cambiar: y eso, en sí mismo, se convirtió en un consuelo».De ahí su fidelidad a la estructura del cuento de hadas, con su moral incómoda y su final que corrige algo que fallaba. Esos libros, señala, casi han desaparecido de las listas de los lectores jóvenes, y sospecha que el fenómeno no es inocente. «El desvanecimiento de la lectura entre los hombres jóvenes puede estar relacionado con el aumento del fascismo en esa misma demografía. Las bibliotecas siempre se han quemado como señal del final de una civilización».Reconoce, sin embargo, que también hay una responsabilidad de la propia industria editorial, que hace décadas decidió a quién dirigirse y renunció, de facto, a pelear por otros lectores. El resultado, dice sin demasiada sorpresa, es que ocho de cada diez de sus propios lectores son mujeres.Una fe que no llega a cuajarHacia el final de la conversación, Haig se permite el único terreno donde no ofrece una respuesta cerrada. Creció siendo ateo —era, dice, «tan ateo como cualquiera de su generación en Bristol»—, y hoy se declara mucho más abierto a la posibilidad de una fe, aunque reconoce que su temperamento se lo pone difícil. «Me gustaría tener una fe profunda y sólida en algo. Pero mi naturaleza es tan insegura, crítica y cuestionadora que lo encuentro difícil».Esa misma inseguridad, admite, no desaparece con las cifras de ventas ni con las traducciones a decenas de idiomas. «El síndrome del impostor no se cura logrando lo que persigues: simplemente cambia de disfraz, igual que la ambición, igual que el pánico que una vez aprendió a correr hasta agotarlo», dice Haig. Todo lo que parece haber aprendido a lo largo de una carrera construida sobre la fragilidad ajena y la propia es que ninguna de esas cosas se resuelve. Se administran, un libro cada vez, justo igual que alguien que sale a correr sabiendo exactamente por qué le falta el aire.