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Las paradojas de la inmigración
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17 de septiembre de 2026
Todo el mundo se anima a opinar sobre la vida de los jugadores, todo el mundo cree tener razón sobre la última decisión arbitral, todo el mundo se cabrea con las declaraciones del entrenador, pero las discusiones sobre fútbol solo rara vez se refieren de forma estricta al juego en sí mismo. Lo mismo pasa con la inmigración. Quizá podamos permitirnos este despropósito con un deporte, pero no con un tema político y social tan importante a lo largo de la historia de la humanidad.
Cuando sube tanto el volumen, es difícil escuchar el sonido del mundo. La inmigración es uno de esos debates inmortales que acostumbran a generar discordia no solo por las pasiones que se vuelcan en ella —racismo y solidaridad, odio y concordia—, sino por el momento en que se producen. No se habla de inmigración cuando el mar está tranquilo, sino cuando hay oleaje. Esto pervierte cualquier pretensión de debate civilizado.
Hace un par de años participé en un seminario sobre migraciones organizado por la fundación del diario alemán _taz_. Me sorprendió que varios expertos que vinieron a las jornadas señalaran, sin darle demasiada importancia, que los centenares de miles que sirios que llegaron en 2015 a Alemania habían sido, en perspectiva, una historia de éxito. Encajaron en el sistema laboral. Europa se quedará para siempre con la llamada “crisis de los refugiados” de 2015 como un punto de inflexión en su construcción de las fronteras, como un preámbulo en el auge de la extrema derecha, como un momento traumático, pero las consecuencias positivas y lentas que llegaron poco después quedarán sepultadas en el olvido.
La sección en la que se encuadra este ensayo en la web de 5W es “Migraciones”. Tenemos esa categoría desde hace años para referirnos a la diversidad de esos movimientos. La inmigración, palabra que se usa más a menudo, incluye el prefijo que indica que la perspectiva no es la de las personas que migran, sino de la sociedad a la que llegan. El debate político y social se ciñe a ese punto de vista: el doméstico. Esto es natural y ocurre en cualquier país, ya sea en América, Asia, Europa o África, pero produce debates tóxicos sobre el propio país si no hay una vigilancia intelectual. En estos tiempos inflamados, todo ello ha desembocado en el sueño de la ultraderecha: la victoria de percepciones que nos abruman y la derrota de pequeñas realidades que nos deberían interesar.
Más allá de los ataques racistas —que no merecen atención moral ni académica—, más allá de los estereotipos sobre los que se mueven, más allá de los comentarios de brocha gorda sobre los que ven llegar a los que se mueven, estas semanas me he dedicado a escarbar en mi memoria de reportero para sacar a la luz qué paradojas hay en uno de los hechos humanos más constantes a lo largo de la historia. El cruce de Ceuta de finales de julio, un evento más geopolítico que migratorio, me animó a ello. Así que voy a intentar ir un poco más allá de lo obvio para explicar algunos fenómenos contraintuitivos relacionados con los movimientos de población. Quizá desde ahí se pueda construir algo.
**Paradoja 1: La mejora económica de un país puede empujar a su población a emigrar**
Gobiernos de izquierdas y de derechas, desde el paternalismo o el supremacismo, insisten en un mantra tan inmoral como falso: hay que usar la ayuda a la cooperación para que los países con menos recursos —casi siempre en África— mejoren económicamente y así los inmigrantes no quieran venir. La realidad, como siempre, es mucho más compleja. A Europa no llegan millones de personas de Sudán del Sur. Al margen del conflicto —atemperado por acuerdos de paz más o menos inestables— que sufre desde 2013, los bajos índices socioeconómicos del país más joven del mundo justificarían una huida en masa. Pero durante mis coberturas rara vez me he encontrado a sursudaneses en ruta hacia el norte: se agolpan a regañadientes en países vecinos.
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