Baelor esperó con calma, hasta que su sobrino se hubo acomodado. Entonces, caminó hacia el escritorio. Su ademán era sereno, sus pasos, seguros, parecía que nada pudiera perturbar la rectitud del rompelanzas. Baelor se apoyó en la madera del escritorio, y llevó las manos a sujetarse del borde. [...]