Orestes rio con cuidado de no caerse, porque la idea de Pílades robándole su libertad era, sin duda, lo más absurdo que había oído en toda su vida.
— Bien sabes que lo haría en plena posesión de mi libre albedrío, —respondió después, dándole un beso en la mandíbula—. Pero, dime, ¿qué +