Sonrisa, minúscula e invisible, se formó en la faz del iracundo ante la propuesta que la celestial expreso. Que tierna, como si tuviera que pedir permiso para verle.
— 𝘗𝘰𝘳 𝘴𝘶𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘱𝘰𝘥𝘳𝘪𝘢𝘮𝘰𝘴 𝘷𝘦𝘳𝘯𝘰𝘴, 𝘮𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘯𝘵𝘢𝘳𝜄́𝘢 𝘥𝘦 𝘩𝘦𝘤𝘩𝘰. ¿𝘋𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘴.ᐣ
Inquirió, retornando al tono suave y calmo de siempre.