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Por Daniel Rojas
Le decía _la caja del diablo_. Si no estaba de buen humor, incluso nos pedía apagarla. Mi papá no tenía un buen concepto de la tele. Aun así, me las arreglé para pasarme horas enfrente de la pantalla durante mi niñez y adolescencia. Entre mis programas favoritos estaban las noventeras adaptaciones animadas de Batman y Spiderman, la lucha entre humanos y zentraedis en _Robotech_ y, más tarde, las aventuras de un joven Clark Kent en _Smallville_ y de los hermanos Winchester en _Supernatural._ Con el tiempo mi papá se volvió más laxo y aquello de la _caja del diablo_ quedó lo suficientemente atrás como para no recordarlo hasta que leí _Horario continuado_ de Carolina Reyes Torres, y me encontré de frente con la _caja de las mentiras_. __«A mi madre no le gusta la televisión, la detesta (…) para ella era la “caja de las mentiras” o “de las estupideces”…», nos cuenta la autora en «Buenas tardes, Mirella», una de las tantas crónicas que componen su libro. Sin duda, la expresión _caja de las mentiras_ está emparentada con la mía: comparte la metáfora —hoy en día totalmente anacrónica—de la tele como caja, a la vez que le atribuye un carácter perverso. Sumemos a esto el hecho no menos curioso de que el diablo tiene entre sus muchas denominaciones la de _padre de las mentiras._
_Horario continuado,_ publicado por __Editorial Aparte en 2025,__es una pequeña ventana al pasado lejano y no tan lejano. A través de sus crónicas, Carolina Reyes vuelve sobre las décadas de los ochenta y noventa, cuando la telefonía fija comenzó a masificarse y muchos hogares contaron por primera vez con un teléfono propio; evoca la época de oro de las teleseries chilenas y, por extensión, nos lleva de vuelta a la mesa puesta y la familia reunida en torno a la tele, mientras daban _Romané_ , _Amores de mercado_ o _Los Pincheira_ ; rememora los tiempos en que ver una buena película dependía de la lógica secreta detrás de la programación del cable o de la TV abierta. Reyes sigue y suma una serie de producciones audiovisuales y musicales que llaman a la nostalgia, trenzando estas piezas culturales con sus vivencias de aquella época: el colegio, su familia, los amigos, las «hallullas tostadas con mantequilla y té con leche (…) mi madre eternamente limpiando la cocina el día sábado, en la mañana, después de otra jornada laboral semanal (…) dejando la radio en las emisoras AM en las que daban canciones de otros países…». De esta manera, _Horario continuado_ es mucho más que un almanaque de una época que cada día nos resulta más distante: es una colección de reflexiones, intuiciones, sentimientos e íntimas vivencias que le brindan a ese pasado una impronta cálida y singular.
A veces, sin embargo, Reyes cambia su mirada y se torna combativa: no tiene empacho en hacerse parte de debates que, en algún punto, coparon la opinión pública, como la separación de Shakira y Piqué —solo el tiempo nos dirá si estos dos alcanzarán para la Historia los ribetes de César y Cleopatra— o nos ofrece una perspectiva a contrapelo respecto de ciertas cuestiones muy normalizadas por estos tiempos. Así, por ejemplo, cuando parece que todos pontifican las virtudes de volar por el mundo y conocer otros lugares y sus respectivas culturas, ya sea por un auténtico deseo de vivir nuevas experiencias, ya sea como una frívola manera de ganar estatus, la autora zafa del cliché y con una perspectiva distinta nos muestra cómo los aeropuertos materializan algunos de los aspectos más nefastos de nuestra época, los percances que los viajes traen aparejados e, incluso, llega más allá para señalarnos que el infierno bien podría ser:
… la espera a un vuelo. Entrar a esa zona intermedia, el interregno del capitalismo en su fase apocalíptica, unos pasillos comerciales que te avisan del concepto de _duty free_ , pero donde las cosas siempre te parecen más caras de lo normal. Siempre iluminado con una luz que provoca escalofrío y las fotos homologadas de todo el Caribe en una misma isla con distintos nombres.
Ahora bien, si un aeropuerto puede operar como símbolo del infierno y la tele puede figurarse como _la caja del diablo_ , los libros también están sujetos a metáforas demoniacas. Y, en el caso de _Horario continuado_ , alguno se puede quedar con la impresión de que Titivillus metió su cola varias veces: en más de una ocasión me encontré con la infame _coma asesina_ o _criminal_ («Aprender a vadear esos riesgos, era el aprendizaje mayor»), errores ortográficos («… fue la única vez que falte a mi pega»), queísmos («… mis estudiantes se dieron cuenta que era algo grave…»), usos impropios de ciertos signos ortográficos (empleo de guiones en lugar de rayas, por ejemplo) y un uso equívoco de los prefijos (pre escolares, en lugar de prescolares; ex jugador, en lugar de exjugador), etcétera. Normalmente, cuando encuentro errores de esa naturaleza en un texto los ignoro, pero en este caso se trata de algo más o menos recurrente a lo largo de las páginas y, en consecuencia, constituye un rasgo de estilo que no pasa desapercibido y, por lo mismo, resulta necesario detenerse al respecto.
Hay lectores a los cuales aquello les da igual. Hay lectores a los cuales, por el contrario, aquel tipo de errores les resultan, como solía decir una profesora mía, una mancha en el texto que empaña la lectura. Sin embargo, también hay lectores que concebirán los errores como una virtud, un gesto deliberado para afianzar el fondo por medio del estilo. Como se desprende de lo dicho hasta aquí, _Horario continuado_ tiene un tono íntimo. Es semejante a una conversación con una amiga o un amigo que no ves hace mucho. En ese sentido, un registro descuidado puede ayudar a construir una atmósfera de intimidad, un espacio de confianza ahí donde un estilo ceñido a la norma impondría cierta distancia. Frialdad, incluso. «No importa nada que un estilo sea correcto o incorrecto; importa que sea eficaz, adecuado a su cometido», afirmó Vargas Llosa en _Cartas a un joven novelista._ Sea cual sea el caso, me limitó a hacer notar un punto saliente del estilo de la autora y a especular al respecto sin decantar por ninguna opción, porque prefiero que cada lector adopte la postura que juzgue mejor. Como escribió Cervantes en el prólogo del _Quijote_ : «… lector carísimo (…) tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío… y así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere…».
Más allá de lo anterior, _Horario continuado_ funciona como una efectiva máquina del tiempo: nos atrapa y conduce de forma muy vívida, a través del singular prisma de la autora, a décadas atrás y, de igual modo, a nuestro pasado más inmediato, a la vez que nos invita a observar detenidamente nuestra propia existencia, porque, como sostuvo Sócrates, «… la vida no sometida a examen no es digna de ser vivida para un ser humano». Esta introspección redunda, en el caso de Carolina Reyes, en el surgimiento de ciertos patrones —expresiones, gestos, ideas— que gradualmente van delineando el perfil de la voz que se manifiesta en cada crónica, le otorgan carácter y, a su vez, operan como hilo conductor que apuntala la costura entre los textos, configurando _Horario continuado_ como un conjunto armónico que escapa de la mera acumulación antojadiza. Así, la escritura en su dimensión epistémica está dispuesta al servicio de esa voz cuya conciencia ahonda en los recuerdos y preocupaciones para descubrirse. Esto queda especialmente de manifiesto en la última crónica, aquella que da su nombre a la colección, en que cada párrafo está encabezado con la expresión _me acuerdo_. Y conforme avanzamos sobre las páginas y los recuerdos entendemos lo mismo que la autora afirma, citando a una tía abuela suya: «el tiempo es muy extraño, de los cero a los quince años pasa todo muy lento, pero luego de ese periodo la vida se pasa volando».
> _Daniel Rojas Villarroel es profesor de Castellano y Comunicación y magíster en Lingüística Aplicada. Actualmente, se desempeña como taquígrafo en la Cámara de Diputados y, en concordancia con el carácter anacrónico de ese oficio, le encanta recorrer ferias libres y tiendas de antigüedades en busca de libros viejos. El gusto por esta clase de libros es proporcional al terror que le produce la pregunta: ¿y cuántos de tus libros has leído? Quizá el miedo sea más bien pudor y, de hecho, más que pudor, vergüenza, por admitir que compra más de lo que puede leer._
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